CASOS DE ESTUDIO
Desde la sombra de mi sombrilla estival tarraconense, vengo a advertirles de un peligro que nos acecha a los incautos con buena voluntad: los parques acuáticos con toboganes. Parecen inofensivos, aptos para cardíacos y niños; pero no se dejen engañar, sus colores alegres y curvilíneas formas esconden herramientas de tortura física y psicológica. Yo, como pater familias que soy, me monté el primero a modo de conejillo de indias. Tras santiguarme, dejé caer mi trasero sobre la roja pendiente de plástico con una sonrisa en los labios. Pero la sonrisa se transformó en alarido tal como solté las manos de la barandilla de seguridad y mi culo se deslizó de inmediato a unos doscientos kilómetros por hora en caída libre. Caí tumbado de espaldas y mi cabeza fue dándose golpecitos contra todas las juntas del dichoso tubito deslizante. A la confusión del momento, hay que añadir la ceguera producida por las salpicaduras de gotas de agua a toda velocidad golpeándome en los ojos. Por puro pánico, traté de decelerar apoyando un pie en el lateral: craso error, amigos, no repitan el experimento en sus casas. El suave apoyo con el dedo gordo fue como un golpe propinado por un bate de béisbol que me rebotó hasta la cadera. Así, gritando, ciego, herido y humillado, llegué al final del túnel. Intuí la luz de la salida y pensé ver un angelito esperándome allí para llevarme al paraíso. Pero al lograr entreabrir los párpados, me percaté de que sólo era el socorrista sentado en su silla roja de la Coca-cola, mirando indiferente como íbamos saliendo los gilipollas que habíamos sido tan tontos de tirarnos por ese artefacto infernal. El impacto contra el líquido elemento fue brutal. Salí vomitado o escupido como un chicle ya sin sabor y creo que reboté tres veces sobre el agua –por lo menos–, como una de esas piedras planas que se lanzan en el río. Tras incorporarme, palpé mi bañador, ya que tenía la sensación de que éste había desaparecido por el camino, pero no, allí estaba, pegadito a mí como un amigo fiel. Lo que no estaba era mi dignidad, que había huido despavorida cuando solté la barandilla del tobogán e inicié mi viaje suicida.
Evidentemente, salí del agua con una sonrisa histérica, cojeando ligeramente de la pierna derecha y tratando de aparentar haber disfrutado. Mi hijo Manuel me preguntó que qué tal, y yo no pensaba confesar a mi hijo de 9 años que su padre se había asustado en un vulgar tobogán…. Esas cosas no las hacemos los machos de ninguna especie animal que se precie, nosotros somos así de complejos, o simples, o lo que sea. Pues, por ser así, me tocó bajar por el tobogán unas diez veces más ese mismo día acompañado de mi primogénito al que pareció encantarle el artefacto en cuestión. Y es que, debemos admitir, que los machotes somos un caso serio, digno de estudio, ¿o no?
Colaboración de: Sergio Allepuz Giral
Desde la sombra de mi sombrilla estival tarraconense, vengo a advertirles de un peligro que nos acecha a los incautos con buena voluntad: los parques acuáticos con toboganes. Parecen inofensivos, aptos para cardíacos y niños; pero no se dejen engañar, sus colores alegres y curvilíneas formas esconden herramientas de tortura física y psicológica. Yo, como pater familias que soy, me monté el primero a modo de conejillo de indias. Tras santiguarme, dejé caer mi trasero sobre la roja pendiente de plástico con una sonrisa en los labios. Pero la sonrisa se transformó en alarido tal como solté las manos de la barandilla de seguridad y mi culo se deslizó de inmediato a unos doscientos kilómetros por hora en caída libre. Caí tumbado de espaldas y mi cabeza fue dándose golpecitos contra todas las juntas del dichoso tubito deslizante. A la confusión del momento, hay que añadir la ceguera producida por las salpicaduras de gotas de agua a toda velocidad golpeándome en los ojos. Por puro pánico, traté de decelerar apoyando un pie en el lateral: craso error, amigos, no repitan el experimento en sus casas. El suave apoyo con el dedo gordo fue como un golpe propinado por un bate de béisbol que me rebotó hasta la cadera. Así, gritando, ciego, herido y humillado, llegué al final del túnel. Intuí la luz de la salida y pensé ver un angelito esperándome allí para llevarme al paraíso. Pero al lograr entreabrir los párpados, me percaté de que sólo era el socorrista sentado en su silla roja de la Coca-cola, mirando indiferente como íbamos saliendo los gilipollas que habíamos sido tan tontos de tirarnos por ese artefacto infernal. El impacto contra el líquido elemento fue brutal. Salí vomitado o escupido como un chicle ya sin sabor y creo que reboté tres veces sobre el agua –por lo menos–, como una de esas piedras planas que se lanzan en el río. Tras incorporarme, palpé mi bañador, ya que tenía la sensación de que éste había desaparecido por el camino, pero no, allí estaba, pegadito a mí como un amigo fiel. Lo que no estaba era mi dignidad, que había huido despavorida cuando solté la barandilla del tobogán e inicié mi viaje suicida.
Evidentemente, salí del agua con una sonrisa histérica, cojeando ligeramente de la pierna derecha y tratando de aparentar haber disfrutado. Mi hijo Manuel me preguntó que qué tal, y yo no pensaba confesar a mi hijo de 9 años que su padre se había asustado en un vulgar tobogán…. Esas cosas no las hacemos los machos de ninguna especie animal que se precie, nosotros somos así de complejos, o simples, o lo que sea. Pues, por ser así, me tocó bajar por el tobogán unas diez veces más ese mismo día acompañado de mi primogénito al que pareció encantarle el artefacto en cuestión. Y es que, debemos admitir, que los machotes somos un caso serio, digno de estudio, ¿o no?
Colaboración de: Sergio Allepuz Giral












































